Una exploración mensual de la conciencia espiritual: 1 de agosto de 2026
A lo largo de la historia de la humanidad, las personas que
se acercan al final de su vida han relatado experiencias que parecen trascender
los límites del mundo físico. Algunas hablan de ver a familiares y amigos que
fallecieron hace muchos años. Otras describen haber escuchado una voz conocida,
sentido una presencia amorosa a su lado o visto a alguien de pie junto a la
cama a quien nadie más puede ver.
Con frecuencua, estos encuentros no se describen con
miedo, sino con paz, reconocimiento e incluso alegría. A veces parece que
quienes ya han completado su viaje terrenal han regresado para tranquilizar a
la persona que se prepara para hacer la transición y, tal vez, para hacerle
saber que alguien, al otro lado, se ha acordado de dejar encendida la luz del
porche.
Las personas que atraviesan un duelo a veces relatan experiencias
inusitadas tras el fallecimiento de un ser querido. Pueden despertar de un
sueño vívido con la sensación de haber mantenido una conversación real. Es
posible que perciban de repente un perfume familiar, escuchen una canción
significativa, encuentren un objeto en un lugar inesperado o sientan una
presencia reconfortante en un momento de tristeza. Algunos consideran estas
experiencias como señales, visitas o comunicaciones del más allá; otros las
interpretan como manifestaciones de la memoria, las emociones o el
subconsciente. Independientemente de la explicación que se les dé, estos
momentos pueden brindar sanación y recordarnos que los vínculos creados por el
amor auténtico no se rompen fácilmente. Al parecer, el amor cuenta con un
sistema de comunicación que funciona incluso cuando no hay cobertura, ni wifi,
ni contraseñas que recordar.
íamos abordar estas experiencias con apertura, compasión
y humildad. No es necesario demostrar ni rechazar la experiencia espiritual de
otra persona. Lo que importa es el significado y el consuelo que esta aporta.
Cuando alguien que se acerca al final de su vida dice que un ser querido
fallecido ha venido a visitarlo, tal vez la respuesta más amorosa no sea
corregirlo ni restar importancia a lo que ve. Podemos escuchar, sostenerle la
mano y permitir que la experiencia siga su curso. Al fin y al cabo, si la tía
Marta ha viajado desde el más allá para hacer una visita, parecería bastante
descortés decirle que en realidad no está allí.
Hay misterios en
la vida que no siempre pueden entenderse explicarse. Algunas cosas solo pueden
comprenderse con el corazón. No entendemos del todo la conciencia, los sueños,
la intuición ni los vínculos invisibles que existen entre quienes se aman.
Podemos enviar naves espaciales a millones de millas en el espacio y, sin
embargo, a veces entramos en la cocina y olvidamos para qué fuimos allí. El
conocimiento humano es extraordinario, pero claramente aún nos queda mucho por
descifrar.
Lo cierto es que nadie sabe con absoluta certeza qué
sucede después de morir. Las religiones han ofrecido visiones del cielo, la
resurrección, la reencarnación, el reencuentro, la vida eterna y la unión con
lo Divino. Los filósofos han reflexionado sobre si la conciencia perdura
independientemente del cuerpo. Los científicos siguen estudiando las
experiencias cercanas a la muerte, el cerebro y la naturaleza de la conciencia.
Sin embargo, el misterio último persiste. Toda creencia sobre el más allá
conlleva un elemento de fe, pues la muerte es un umbral que, en última instancia,
cada persona debe cruzar por sí misma. No existen folletos de viaje, reseñas de
usuarios ni vídeos titulados «Diez cosas que debes ver en el más allá».
Tal vez lo que sigue a la muerte sea algo único para cada
alma individual. Así como no hay dos personas que vivan la vida terrenal
exactamente de la misma manera, quizá no haya dos almas que experimenten la
transición de forma similar. Una persona podría experimentar el reencuentro con familiares
y amigos; otra, una profunda fusión con el Espíritu o la conciencia universal;
y otra más podría entrar en un estado de descanso, paz, aprendizaje o
renovación. Es posible que a algunos de nosotros nos reciban ángeles, mientras
que a otros nos reciba una querida abuela diciendo: «¡Aquí estás! Ya
empezábamos a preguntarnos dónde te habías metido».
Es posible que la próxima experiencia esté moldeada, de
algún modo, por la conciencia, las expectativas, el amor y la comprensión
espiritual que hemos cultivado a lo largo de esta vida. O tal vez sea tan
magnífica e inesperada que ninguna de nuestras ideas actuales pueda describirla
adecuadamente. Un niño en el vientre materno jamás podría imaginar las puestas
de sol, las sinfonías, los pasteles de cumpleaños, las olas del océano, la
amistad, el baile o las risas. Del mismo modo, es posible que seamos incapaces
de imaginar lo que existe más allá de los límites de nuestra conciencia actual.
No hay nada de malo en admitir con honestidad que no
sabemos si existe vida en el más allá ni en qué podría consistir exactamente
dicha vida. La fe espiritual no nos exige fingir que poseemos respuestas que en
realidad no tenemos. La fe puede ser una disposición a confiar en el misterio;
puede ser la serena comprensión de que la vida nos ha llevado a través de todos
los cambios hasta el momento y de que aquello que nos espera erá una nueva
expresión del mismo proceso infinito.
Llegamos a este mundo sin saber qué nos depararía la
vida. Arribamos sin equipaje, sin instrucciones, con muy poco cabello y sin
tener la menor idea de quiénes eran todas aquellas personas. Sin embargo,
descubrimos vínculos, belleza, propósito, dolor, crecimiento, risas y amor.
Aprendimos a caminar, a comunicarnos, a trabajar, a crear y a encontrar nuestro
lugar en el mundo. Quizás la muerte sea otro nacimiento hacia una existencia
que ahora no podemos imaginar. Y tal vez, al igual que en nuestro primer
nacimiento, alguien esté allí para recibirnos, aunque —cabe esperar— sin todas
esas luces intensas ni el alboroto.
Un enfoque espiritual positivo consiste en concebir la
vida futura—si
es que existe— como una nueva aventura en lugar de un final aterrador. Podemos
imaginar que despertamos en una realidad más amplia, donde el alma ya no está
limitada por el cuerpo físico. Quizás surjan nuevas oportunidades para
aprender, explorar, crear y experimentar el amor. Tal vez haya risas aún más
libres, una alegría más profunda y una felicidad que ya no se vea interrumpida
por el miedo, la enfermedad, las facturas, el tráfico, las contraseñas o los
menús telefónicos automatizados que nos aseguran que nuestra llamada es muy
importante.
¿Por qué habríamos de suponer que la vida venidera ha de
ser solemne o desconocida? Quizás haya celebraciones en el más allá. Quizás
haya reencuentros llenos de risas. Quizás los viejos amigos se saluden con el
mismo afecto que compartieron en la Tierra. Quizás las familias vuelvan a
reunirse y a contar historias conocidas, aunque cabe esperar que, en el cielo,
la gente por fin deje de discutir sobre quién dijo qué durante la cena de
Acción de Gracias de 1987.
Si la Inteligencia creativa de la vida nos ha regalado
atardeceres, música, flores, amistad, humor, imaginación y la capacidad de
amar, es razonable esperar que lo que venga a continuación también contenga
belleza y deleite. La alegría no es simplemente una distracción de la
espiritualidad; puede ser una de las expresiones más claras del Espíritu. La
risa eleva el corazón, relaja la mente y nos recuerda que no debemos tratar
cada problema pasajero como si fuera la verdad definitiva de nuestra
existencia.
Puede que nuestros seres queridos fallecidos no se hayan
ido realmente en el sentido más profundo. Aunque su presencia física ya no
esté, su influencia perdura. Sus palabras viven en nuestros recuerdos; su
bondad se refleja en la que nosotros mostramos a los demás; su risa resuena
cada vez que recordamos un momento feliz. Sus gestos y ademanes a veces
reaparecen en sus hijos y nietos, lo cual puede resultar conmovedor,
sorprendente o incluso ligeramente inquietante, según a qué pariente se
parezcan.
Las lecciones que nuestros seres queridos nos enseñaron
pasan a formar parte de nuestra manera de vivir. El amor cambia de forma, pero
no desaparece necesariamente. Incluso cuando no podemos ver a alguien, la
relación puede perdurar en la conciencia, en el recuerdo y en el espíritu.
Puede que una persona ya no se siente a nuestra mesa, pero el amor que nos
brindó sigue nutriéndonos. Es posible que su voz física se hay silenciado, pero su sabiduría sigue
hablándonos cada vez que enfrentamos una decisión importante. A veces casi
podemos oírlos decir: «Te lo dije», lo cual puede ser una prueba más de que la
personalidad sobrevive.
Pensar en la muerte no debería llevarnos a alejarnos de
la vida; al contrario, puede hacernos valorar el carácter precioso de cada día.
Dado que esta experiencia física es pasajera, nos sentimos impulsados a
expresar las palabras de amor que habíamos postergado, a perdonar aquello que
ya no necesitamos cargar y a disfrutar de las sencillas bendiciones que nos
rodean. Podemos reír con nuestros seres queridos, acompañar en silencio a quien
se siente solo, apreciar la belleza de la naturaleza, disfrutar de un buen
postre de vez en cuando y expresar gratitud por la oportunidad de estar vivos.
La posibilidad de otra vida no debería llevarnos a
descuidar esta. Esta vida es la aventura que tenemos ante nosotros en el
presente. Es aquí donde tenemos oportunidades para amar, servir, crear, sanar y
crecer. Es aquí donde aprendemos la compasión a través de las dificultades y la
gratitud a través de la alegría. Quizás la mejor preparación para lo que venga
después sea vivir esta vida con el corazón abierto. Cuando practicamos el amor
ahora, creamos en nuestro interior una conciencia de amor que ninguna
transición puede arrebatarnos.
Para quienes se acercan al final de la vida, resulta muy
reconfortante saber que no tienen que afrontar ese viaje con terror. Pueden
concebirlo como pasar de una habitación a otra, cruzar un umbral o despertar de
un sueño hacia una conciencia más amplia. Pueden confiar en que la misma
Presencia que los ha acompañado a lo largo de la vida estará con ellos en el
momento de la transición. El Espíritu no nos abandona en el umbral simplemente
porque hayamos llegado a un destino que no aparece en nuestro GPS.
Pueden desprenderse del cuerpo con gratitud, sabiendo que
cada experiencia significativa, cada acto de amor y cada lección aprendida han
pasado a formar parte de la historia continua del alma. El cuerpo nos ha
acompañado a través de la infancia, el trabajo, las relaciones, las
celebraciones, las decepciones, las enfermedades, las recuperaciones y un
sinfín de días cotidianos. Merece nuestro agradecimiento, incluso si, con el
paso de los años, empieza a crujir, a quejarse y a emitir misteriosos efectos
de sonido que no recordamos haber autorizado.
Para quienes permanecen, el duelo es natural, ya que el
amor siente la falta de la presencia física. Nunca debemos apresurar el duelo
ni decirle a alguien que las creencias espirituales deberían impedir sentir
tristeza. A menudo, las lágrimas son prueba de amor. Comprender la dimensión
espiritual no significa que no vayamos a extrañar a la persona; significa que,
en lo profundo de nuestra tristeza, podemos albergar la serena esperanza de que
el amor perdura y de que la separación no es el capítulo final.
Inclusive en medio
del dolor, podemos mantenernos abiertos a la posibilidad de que nuestros seres
queridos perduren de formas que no podemos ver. Podemos hablarles desde el
corazón, recordarlos con gratitud y permitir que su amor inspire nuestra manera
de vivir. Nos escuchen o no como lo hacían antes, el amor que expresamos sigue
siendo real y sanador. Y, si llegaran a escucharnos, es probable que ya sepan
la mayor parte de lo que vamos a decir; pero las relaciones amorosas siempre
han conllevado repetirnos de vez en cuando.
Tal vez un día cada uno de nosotros descubra por sí mismo
la respuesta al gran misterio. Tal vez abramos los ojos en otro reino y comprendamos
que la muerte no fue, en absoluto, un final. Puede que encontremos a nuestros
seres queridos esperándonos para darnos la bienvenida. O tal vez no. Quizás nos
riamos de lo insignificantes que alguna vez parecieron algunos de nuestros
miedos. O tal vez entremos en un estado de paz más allá de la personalidad y la
forma, regresando al Espíritu infinito del cual proviene toda vida.
Sea cual sea la verdad, podemos acercarnos a ella con
humildad, valentía, curiosidad, esperanza y un sano sentido del humor. El humor
no le quita valor a lo sagrado de la vida o de la muerte; nos recuerda que el
alma puede ser más grande que nuestros miedos. Una sonrisa puede ser un acto de
fe... una declaración de que, incluso ante el misterio, la alegría sigue siendo
nuestra.
Hasta ese día, vivamos bien. Amemos con generosidad,
perdonemos libremente, riamonos a menudo y valoremos a las personas que
comparten con nosotros este viaje terrenal. Mantengámonos abiertos a experiencias
misteriosas que nos brinden consuelo, sin exigir que todo misterio tenga una
explicación. Apreciemos esta vida con toda su belleza, confusión, sorpresas,
desvíos, gafas extraviadas, citas olvidadas, facturas imprevistas y bendiciones
igualmente inesperadas.
Y cuando llegue el momento de dejar atrás esta vida, que
lo hagamos con la confianza de que no nos adentramos en la oscuridad, sino que
avanzamos hacia la luz desconocida de una nueva aventura. Quizás esa aventura
nos brinde nuevas oportunidades para la paz, el amor, las risas, la alegría, la
felicidad y descubrimientos que superen todo lo que hayamos podido imaginar
hasta ahora. Y tal vez, al llegar, alguien a quien amamos nos esté esperando
para abrazarnos, darnos la bienvenida a casa y decirnos con una sonrisa: «No
vas a creer lo que viene a continuación».
Mantener la fe!
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